Cerradura de bocallave: insertar y deslizar para fijar

12 min readUpdated jun 2026

Una cerradura de bocallave es el cierre que no aprieta nada: cuelgas la pieza, la dejas caer un dedo y se queda fijada por su propio peso. Lo ves en la parte de atrás de cualquier marco de fotos o de un cuadro eléctrico colgado en la pared: una ranura con una boca redonda y ancha, y un canal recto y estrecho que sale de ella. Metes la cabeza del perno por la boca, deslizas la pieza hacia abajo para que el cuello entre en el canal y ya está. No hay tornillo que apretar ni clic que oír; lo único que cierra la unión es la geometría y la gravedad. Y precisamente porque no hay nada que apriete, todo depende de dos cotas que rara vez se dimensionan bien. Una es cuánto solapan los labios del canal sobre el cuello del perno; la otra, cuánta luz dejas en ese canal.

La cinemática: dos movimientos, no uno

Lo que distingue una bocallave de un simple agujero es que el montaje tiene dos fases en direcciones distintas, y el cierre vive justo en el cambio de dirección. Primero hay una inserción axial: la cabeza del perno, más ancha que su cuello, atraviesa la zona ancha de la bocallave, dimensionada para tragarla con holgura. En ese instante la pieza no está sujeta de nada; podría caerse hacia delante sin más. La segunda fase es un deslizamiento lateral, normalmente hacia abajo: empujas la pieza de modo que el cuello del perno abandone la boca ancha y entre en el canal estrecho. Ese canal es más estrecho que la cabeza, así que sus dos labios quedan atrapados entre la cabeza del perno y la pared. La cabeza ya no puede salir por donde entró: para hacerlo tendría que volver a subir hasta la boca, y el peso de la pieza la empuja en el sentido contrario, hacia el fondo del canal.

Ahí está la clave física: el cierre no almacena energía elástica. No es un snap-fit (un cierre a presión en el que algo flexa para enganchar); aquí no hay nada que flexe ni que recupere su forma. Es un bloqueo geométrico mantenido por una fuerza externa permanente: la gravedad sobre la masa colgada. Mientras el peso siga tirando hacia abajo, el cuello permanece asentado en el fondo del canal y la cabeza atrapada detrás de los labios. Quita el peso —levanta la pieza a mano— y el cierre se abre solo. Por eso se cuelga y descuelga sin herramienta: es una unión desmontable que se mantiene cerrada no porque resista, sino porque nadie la está abriendo.

El solapamiento de los labios decide cuánta carga aguanta

La pregunta que decide si la pieza aguanta o se cae es: ¿cuánto del cuello del perno queda atrapado entre los labios del canal y la cabeza? Ese solapamiento es la pestaña de material que tiene que vencer cualquier fuerza que intente arrancar la pieza de la pared en dirección axial. Demasiado poco solapamiento y la cabeza se escurre por encima de los labios a la mínima carga perpendicular o vibración; demasiado y la boca tiene que ser enorme para que la cabeza pase, o el canal tan estrecho que el cuello no entra.

Calcula el solapamiento sobre los radios, no sobre los diámetros. Con el canal centrado sobre el eje del perno, el labio a cada lado solapa sobre el cuello una cantidad igual a (radio de la cabeza − mitad del ancho del canal), y son los dos labios los que trabajan a la vez. Esa diferencia de radios es exactamente la misma magnitud que la tabla de más abajo cuantifica como "pestaña": cuando lees ≥ 1–1,5 mm de solapamiento, es el valor de (radio de la cabeza − ancho del canal / 2) por lado. La cabeza tiene que ser claramente mayor que el ancho del canal para que esa pestaña exista; una cabeza apenas mayor que el canal deja un labio mínimo que cede a la mínima.

Hay un segundo detalle geométrico que la gente olvida: el escalón en la boca, la transición entre la zona ancha y el canal estrecho. Ese escalón es lo que impide que el perno suba y se salga sin que tú deslices primero. Si la transición es una rampa suave en lugar de un hombro definido, la carga axial combinada con cualquier empujón hacia arriba devuelve el perno a la boca y la pieza se descuelga. Quieres un hombro neto, no una pendiente.

Holguras: dos tolerancias opuestas en la misma ranura

Una bocallave necesita dos ajustes contradictorios en la misma ranura, y conviene tratarlos por separado. La boca ancha quiere holgura generosa: su único trabajo es dejar pasar la cabeza sin pelearse, así que sobredimensiónala sin miedo. Cuanto más fácil entre la cabeza, más rápido cuelgas la pieza, y aquí el margen no le quita retención a nada. El canal estrecho es lo contrario: quiere la luz mínima sobre el cuello del perno que permita deslizar sin que la pieza traquetee una vez colgada. Demasiado apretado y el cuello no entra o roza con dureza al deslizar; demasiado flojo y la pieza baila sobre el perno.

Como en cualquier ajuste impreso, recuerda que la ranura sale más estrecha de lo que la dibujas: el ancho del cordón engorda las paredes hacia el hueco y el aplastado de la primera capa cierra la boca de la ranura aún más. Una bocallave con cotas nominales ajustadas no desliza; reserva el hueco del canal sobre la dimensión que de verdad sale de tu cama, no sobre el número en pantalla. El número de partida y la calibración para llegar a él los tienes en Tolerancias para piezas que se mueven: el canal pide una holgura de tipo «desliza sin juego», la boca una de tipo «gira o desliza libre».

Las dos holguras de una bocallave (PLA/PETG, valor de arranque, por lado)
Zona Holgura/lado Por qué
Boca ancha (paso de cabeza) 0,3–0,5 mm solo tiene que tragar la cabeza; sobra margen sin coste
Canal estrecho (cuello) 0,15–0,2 mm desliza sin traquetear; baja a 0,10–0,15 solo si el techo del canal no es voladizo
Solapamiento labio↔cabeza ≥ 1–1,5 mm por lado material que retiene la carga axial; no lo dejes testimonial

Orientación de impresión: hacia dónde apunta la peladura

Aquí entra la trampa propia del FDM, y para razonarla bien hay que fijar primero la dirección de la carga. Cuando la pieza cuelga de la pared, el peso tira del cuello del perno hacia el fondo del canal —carga en el plano de la placa, que los labios resisten a cortante— pero hay una segunda carga más peligrosa: la pieza tiende a separarse de la pared porque su peso cuelga por delante del plano de la placa, no en él. Ese momento de vuelco tira del perno hacia fuera de la pared, en dirección axial, y es esa fuerza la que intenta arrancar la cabeza de detrás de los labios. No carga los labios a cortante: los carga a flexión y peladura, doblando cada labio como un pequeño voladizo y abriéndolo capa a capa. En FDM la peladura entre capas es aún más débil que la cortante interlaminar, así que este es el modo que de verdad decide la orientación.

La regla, por tanto, es orientar las capas para que la carga axial de peladura no caiga perpendicular a las líneas de capa en la zona del labio. Si imprimes la placa tumbada sobre la cama, con el plano de la ranura paralelo a la cama, los labios quedan formados por capas horizontales apiladas y la fuerza que separa la pieza de la pared tira justo en la dirección que despega una capa de la siguiente: el labio delamina y se abre como una grieta limpia. Lo que quieres es que los cordones del labio corran a lo largo de la dirección en que esa carga axial los solicita, de modo que el material continuo del cordón, y no la soldadura entre capas, sea lo que se opone a la peladura. La orientación concreta depende de cómo quede la placa montada respecto a la pared; el razonamiento completo de por qué la orientación decide la resistencia está en Orientación de capas para el movimiento. Cuál de las dos mitades imprimes tú importa también: si lo impreso es el gancho que entra y baja por la ranura, el problema es el mismo en espejo —es un voladizo que trabaja en su raíz, y quieres las capas alineadas con la carga, no perpendiculares a ella.

Y hay un detalle de imprimibilidad que aplica solo a la variante tumbada: una ranura cuyo plano queda horizontal genera un voladizo en el techo del canal. La cara superior del canal cuelga sobre el hueco y, sin soporte, sale descolgada y rugosa, justo en la superficie contra la que apoya el perno. Si no puedes evitar esa orientación, un chaflán en el techo del canal lo convierte en una pendiente imprimible en lugar de un techo plano colgando en el aire. Con la placa orientada de modo que ese techo no quede en voladizo, el problema desaparece y puedes apretar la holgura del canal hasta el extremo bajo de la tabla.

Modos de fallo y cómo prevenirlos

Tres fallos rompen una bocallave, y los tres se anticipan en el diseño. El primero es el deslizamiento involuntario de retorno: la pieza, en lugar de quedarse en el fondo del canal, sube hacia la boca y se descuelga, ya sea por una vibración, por un empujón o por un perno demasiado liso. El cierre depende de que la gravedad mantenga el cuello abajo, y eso falla en cuanto algo empuja hacia arriba. La defensa es añadir un detente al final del canal: un pequeño resalte que el cuello del perno supera con un clic para asentarse, y que luego le impide volver a subir sin que tú lo fuerces. Conviene ser honesto con lo que esto introduce: el cierre base es puramente geométrico y gravitacional, pero ese detente con clic sí es un snap local —exige que algo flexe elásticamente para salvar el resalte y recuperar—. No contradice la naturaleza del cierre; le añade encima un pequeño enganche elástico que lo convierte en uno que aguanta también cuando lo mueves o lo transportas.

Antes de fiarlo todo al detente, dale al canal recorrido suficiente: el cuello tiene que bajar lo bastante para quedar retenido con margen, no apenas pasado el escalón. Un canal corto deja el cuello a un pelo de la boca, donde cualquier oscilación lo devuelve a la zona ancha. Reserva un recorrido de deslizamiento que lleve el cuello bien adentro del canal, con holgura entre la posición asentada y la boca.

El segundo es la rotura del labio por sobrecarga: cuelgas más peso del que el solapamiento puede soportar, y el labio cede. Recuerda que la carga que lo rompe no es de cortante puro sino de peladura por el momento de vuelco, así que se ataca por las dos vías que ya tienes: más solapamiento (más pestaña de material que vencer) y la orientación de impresión correcta (que esa pestaña trabaje a favor de fibra y no por la soldadura entre capas). Un labio fino impreso de modo que la carga lo pele entre capas es la receta de la rotura prematura; uno con solapamiento generoso e impreso a favor de fibra aguanta mucho más de lo que su tamaño sugiere.

El tercero es el traqueteo: la pieza cuelga, pero tiene juego sobre el perno porque el canal le dejó demasiada luz al cuello. No es un fallo catastrófico, pero hace que un panel parezca de mala calidad y que la unión genere ruido y desgaste con el uso. Se cierra apretando la holgura del canal hasta el mínimo que aún deslice —volviendo a la tabla de arriba— y, si el traqueteo es axial (la pieza se separa de la pared y vuelve), añadiendo un ligero apriete del cuello contra el fondo del canal o un resalte que la mantenga asentada contra la pared. Como en todo ajuste impreso, ese número último no sale de la tabla sino de tu propia impresora, y el camino para fijarlo es el mismo de siempre: imprimir, medir y anotar, tal como detalla Tolerancias para piezas que se mueven.