Iris o diafragma de apertura
Gira un anillo y un orificio circular se abre o se cierra sin escalones, de cero a un par de centímetros, con un puñado de hojas que se solapan y barren a la vez. Es el diafragma de una cámara, el iris que regula la luz, y es uno de esos mecanismos que parecen magia hasta que ves cómo está cosido por dentro: ninguna hoja se mueve sola, todas siguen la misma orden, y el agujero que dejan en el centro es pura geometría de solape. Llevarlo a pieza impresa no es difícil por la pieza —las hojas son geometría plana sin más—, es difícil por todo lo que ocurre entre ellas: décimas de holgura que deciden si gira con suavidad o se agarrota, y un espesor que crece hoja a hoja hasta convertirse en un problema.
La cinemática: pivote fijo y seguidor de ranura

Cada hoja tiene dos puntos de anclaje con funciones opuestas. Uno es un pasador fijo a la base: la hoja pivota libremente sobre él, pero ese punto no se mueve nunca. El otro es un seguidor que vive dentro de una ranura del anillo de mando, el aro que mueves con los dedos. Cuando rotas el anillo, su ranura arrastra el seguidor; pero como el primer punto está clavado a la base, la hoja no puede seguir ese arrastre con un desplazamiento libre: tiene que girar sobre su pasador fijo. El anillo manda una entrada, el pasador la convierte en rotación, y la hoja barre.
Aquí está el detalle que casi siempre se cuenta mal. El seguidor no describe un arco alrededor del centro del iris. Está restringido por dos cosas a la vez: el pasador fijo, que lo obliga a moverse sobre un arco centrado en ese pasador y de radio la distancia pasador-seguidor; y la ranura del anillo, que sí gira en torno al centro del iris. Esos dos lugares geométricos no coinciden, y la ranura existe justamente para reconciliarlos: es radial, de modo que el seguidor pueda deslizar a lo largo de ella —acercándose o alejándose del centro del iris— mientras la hoja describe su arco propio en torno al pasador. Sin esa libertad radial el mecanismo se bloquearía; con ella, un giro del anillo se reparte por igual en todas las hojas.
Y se reparte porque todas son idénticas y se distribuyen en simetría rotacional —seis hojas con un reparto de 60°, ocho con 45°—, cada una con su pasador y su seguidor en las mismas posiciones relativas. Ese reparto angular es solo el espaciado de montaje, no el recorrido de la hoja: para ir de abierto a cerrado, cada hoja gira sobre su pasador bastante menos, del orden de veinte a cuarenta grados. El borde interior de cada hoja avanza hacia el centro o se retira, y el contorno que dejan sus bordes es el orificio: nunca un círculo perfecto, sino un polígono curvo de tantos lados como hojas, siempre tangente. El iris es un mecanismo de un solo grado de libertad —una entrada, el ángulo del anillo; una salida, el diámetro del agujero—. Todo lo demás está determinado por la geometría.
La curva del borde y la posición de los dos puntos
Toda la función vive en tres decisiones geométricas por hoja: dónde cae el pivote fijo, dónde cae el seguidor de ranura, y qué curva tiene el borde interior que define el agujero. Esos tres datos, más el número de hojas, fijan el rango de apertura y cómo de cerca llega el cierre.
El borde interior no puede ser una recta ni un arco cualquiera. A medida que la hoja gira sobre su pasador, ese borde tiene que mantenerse tangente al agujero deseado en cada posición intermedia, no solo en los extremos. Si trazas mal la curva, aparecen dos fallos opuestos y ambos arruinan el mecanismo. Uno: el orificio no cierra —las hojas se cruzan dejando un hueco estrellado en el centro porque sus bordes no llegan a solaparse del todo en la posición cerrada—. Dos: las hojas chocan entre sí antes de completar el recorrido —el borde de una invade el cuerpo de la vecina y el anillo se atranca a mitad de giro, o peor, fuerza y agrieta una hoja por su sección más fina—. La ventana entre «no cierra» y «chocan» es estrecha, y es donde se decide si tienes un iris o una escultura que gira media vuelta y se traba.
Conviene ser honesto con el cierre. En plástico impreso, el cierre óptico total es casi inalcanzable: el redondeo de los bordes que impone el ancho de cordón —0,4 mm o más—, la holgura entre hojas y el menor combado dejan casi siempre un orificio mínimo en estrella en el centro. El objetivo realista no es «cierre perfecto», sino «casi cerrado»; el cierre completo solo se consigue con un solapado generoso que sacrifica apertura máxima, o con algo de postprocesado.
La posición de los dos puntos gobierna la desmultiplicación, y conviene razonarla como una palanca de dos brazos: el brazo de entrada va del pivote al seguidor, el brazo de salida va del pivote al borde activo. Lo que decide la fuerza no es la distancia pivote-seguidor por sí sola, sino la relación entre esos dos brazos. Un brazo de entrada largo frente al de salida desmultiplica: necesitas menos par en el anillo para mover el borde, pero a cambio el anillo tiene que girar más para un barrido dado. Acórtalo y ocurre lo contrario —menos giro de anillo, más fuerza en los dedos—, y además te vuelves más sensible a la holgura de los pasadores, porque cada décima de juego en el pivote se amplifica en el borde. Es el compromiso clásico de palanca, aplicado hoja a hoja.
Holgura: el iris vive o muere en las décimas entre hojas
Aquí es donde el FDM cobra su peaje. Un iris son muchas piezas finas deslizando unas contra otras y pivotando sobre pasadores diminutos, y cada una de esas interfaces necesita su hueco. No es un ajuste: es una docena de ajustes que tienen que funcionar todos a la vez.
En los pasadores —el pivote fijo y el seguidor— quieres una holgura de giro libre, no de deslizamiento ajustado: la hoja gira constantemente y bajo carga lateral, así que cualquier apriete se traduce en un punto duro que se nota en todo el anillo. Estás en el rango alto de la tabla de holguras, hacia las dos o tres décimas por lado, sabiendo que la impresora ya se ha comido una parte antes de que ajustes nada —el agujero sale estrecho y el pasador grueso, el corrimiento de cota de siempre que detalla Tolerancias para piezas que se mueven—. Si modelas el pasador y su alojamiento al mismo diámetro pensando «ya girará», no girará: saldrá agarrotado de fábrica.
El seguidor tiene además una interfaz propia que el pivote no comparte: desliza dentro de la ranura mientras la hoja gira. No es solo un pasador en un agujero, es un pasador en una corredera, y esa cara deslizante necesita su holgura igual que las demás —parecida a la del pivote, pero pensando en deslizamiento, no solo en giro—. Si la ranura sale estrecha, el seguidor se agarra a lo largo del recorrido y el anillo se endurece en mitad del barrido, justo donde menos lo esperas.
Entre hoja y hoja el problema es distinto porque el contacto es plano contra plano, cara contra cara, no eje contra agujero. Aquí el enemigo es la fricción de las superficies impresas, rugosas por definición —cada hoja arrastra la huella de las líneas de su cara, y la cara superior carga encima el patrón de la última capa—. Diseña las hojas finas pero rígidas en su plano: una hoja que se comba bajo la presión de sus vecinas deja de ser tangente al agujero y empieza a rozar donde no debe. Y esa rigidez la da la orientación de impresión.
El apilado vertical: el espesor crece hoja a hoja
Hay una trampa que no aparece hasta que cuentas las hojas. Como se solapan, el iris no es plano: en la zona donde varias montan unas sobre otras, el espesor total es la suma de sus espesores. Con seis hojas de 1 mm tienes, en el peor solape, varios milímetros de espesor apilado, y ese paquete escalonado tiene que girar sin rozar contra la base por abajo ni contra la tapa por arriba.
Esto te obliga a presupuestar juego vertical, y el equilibrio es igual de fino que el de la holgura lateral. La clave es medirlo contra la cota de máximo solape, no contra una sola hoja: lo que tiene que caber bajo la tapa es la columna más alta del apilado. Demasiado hueco y las hojas se montan unas sobre otras de forma desordenada, se solapan mal, se atascan o una se mete bajo la vecina y bloquea el conjunto. Demasiado poco y todo el paquete roza contra las tapas, y la fricción de tantas caras apiladas se suma hasta que el anillo no gira. El reparto sano es dar a cada hoja el espesor que su rigidez exige, mantenerlas lo más finas que aguanten sin combarse, y cerrar el sándwich con una tapa o anillo que las mantenga coplanares sin apretarlas: que las guíe en su plano, no que las prense.
| Interfaz | Holgura | Por qué |
|---|---|---|
| Pasador en su agujero (pivote y seguidor) | 0,20–0,30 mm | gira libre bajo carga lateral, sin punto duro |
| Seguidor dentro de la ranura | 0,20–0,30 mm | desliza radialmente sin agarrarse en el recorrido |
| Cara de hoja contra cara de hoja | contacto justo (sin holgura) | minimiza la fricción del apilado solapado |
| Juego vertical del paquete (apilado máximo a tapa) | 0,25–0,40 mm sobre la cota de máximo solape | ni se montan desordenadas ni rozan las tapas |
Las caras de hoja no salen lisas: imprimes con la textura de las líneas y, en la cara de arriba, con el patrón de la última capa. Si quieres minimizar la fricción del apilado, plánchalas (ironing en la cara superior, capas superiores extra para una piel más cerrada) o asume la rugosidad y compénsala con un lubricante seco, grafito en polvo o PTFE. No persigas un acabado pulido que el FDM no te va a dar de fábrica; persigue un deslizamiento aceptable.
Los pasadores son el punto débil a largo plazo. Impresos en plástico y girando constantemente bajo carga, se desgasta el par pasador-agujero: cede el más débil de los dos —el pasador fino o el agujero, según material y sección—, la unión se ovala, la hoja empieza a tener juego, el iris pierde precisión y al final una hoja se descuelga de su recorrido. Si el iris va a usarse de verdad y no a hacer una demo, ahí es donde un pasador metálico o un casquillo embebido transforma la vida útil del mecanismo, como cuentas en Hardware embebido: imanes, rodamientos e insertos.
Topes de recorrido: el anillo necesita límites
Falta una pieza que no es de geometría de hoja sino de seguridad del conjunto: el anillo tiene que tener topes físicos en ambos extremos del giro. En la posición de cierre, nada impide por sí solo que sigas forzando el anillo más allá del punto de máximo solape; si lo haces, las hojas se cruzan, se montan unas sobre otras fuera de su recorrido válido y se traban o se agrietan. En la posición de apertura máxima ocurre lo simétrico: pasado cierto ángulo, los bordes empiezan a separarse de su tangencia y el mecanismo deja de tener sentido. Un par de resaltes que limiten el giro del anillo entre esos dos extremos mantienen el iris siempre dentro de su rango cinemático, y convierten el modo de fallo «lo he forzado y se ha trabado» en un tope firme contra el que el anillo simplemente se para.
La versión estática y la pivotante: empieza por la fácil
Hay dos irises, y conviene saber en cuál te estás metiendo. La variante estática es un patrón de hojas fijas, congelado en una apertura concreta, sin pasadores ni ranuras ni nada que se mueva. Es directa de imprimir y sirve de maravilla para validar la geometría: imprímela en la posición cerrada y comprueba si las hojas cierran de verdad el centro; imprímela abierta y mide el orificio. Si el trazado del borde está mal, lo verás aquí, en plástico macizo y barato, antes de pelearte con el mecanismo.
La versión pivotante —la que de verdad abre y cierra al girar el anillo— es el verdadero reto de ingeniería: el mecanismo completo de pasadores, ranuras, anillo de mando y tapa, con todas sus holguras conviviendo. Es uno de los mecanismos emblemáticos precisamente porque junta todo lo difícil de la cinemática en FDM en una sola pieza: muchas interfaces deslizantes, un apilado que crece, pasadores que se desgastan y una geometría que no perdona el error de trazado. Cuando funciona, es la demostración más vistosa que puedes poner sobre una mesa de que un mecanismo compuesto cabe en una impresora doméstica.
¿Cuándo merece la pena? Para un diafragma real que regula un paso de luz o de aire, para una tapa de apertura variable, o como demostración de mecanismo compuesto cuando quieres enseñar lo que sabe hacer una impresora. En todos los casos, el iris es un examen de tolerancias antes que de geometría: si dominas las décimas entre hojas y el juego vertical del apilado, el resto es trazar bien una curva. Y eso empieza por medir tu propia máquina, el punto de partida de Tolerancias para piezas que se mueven.